LOS  PUERTOS

 

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Todas las vías romanas terminaban en el mar y en puertos marítimos, muchos de ellos en el Mediterráneo, mar de encuentro y de separación, gran carretera y gran obstáculo.  La estabilidad del imperio favoreció el auge comercial de los puertos ya existentes y la creación de otros puertos nuevos.

 

 

 

Es el caso de Ostia, el puerto de Roma en la desembocadura del río Tíber; ante el crecimiento en número de población de la capital, la necesidad de importar mercancías –entre ellas era muy importante el trigo de Egipto- hizo que el emperador Claudio construyera un nuevo puerto de 70 hectáreas al norte del río, que quedó unido con aquel mediante un canal.  Los malecones curvos y la isla artificial que se creó no consiguieron, no obstante, proteger el puerto del mal tiempo, por lo que el emperador Trajano ordenó construir un segundo puerto dentro del gran puerto de Claudio –básicamente el nuevo puerto fue la mitad de tamaño del anterior- con una dársena excavada en tierra firme.

Todos los puertos exigían un constante mantenimiento y obras de mejora: los diques, muelles y malecones sufrían el efecto del constante oleaje, al tiempo que los almacenes y los faros tenían que ser constantemente reparados por el efecto del fuego y de las mercancías almacenadas.

 

Reconstrucción del puerto de Ostia, según HAMEY, L. A. y HAMEY, J. A.: Los ingenieros romanos, Madrid, 1990

 

 

 

Por otro lado, junto a los puertos marítimos encontramos los puertos fluviales.  Roma contó con un puerto fluvial en el río Tíber junto al Foro Boario desde el siglo IV a. C., donde podían fondear naves de pequeño calado; es el llamado Portus Tiberinus.  Prueba de esta instalación portuaria fluvial será la existencia en dicho Foro Boario de un templo dedicado a Portuno, es decir, a una divinidad protectora de los puertos; el templo se conserva casi por completo e intacto.  Sin embargo, al quedar pequeño ante el intenso tráfico comercial fue necesario la construcción de un puerto a orillas del río, pero en su desembocadura (el ya citado puerto de Ostia); con todo el Puerto Tiberino continuó en funcionamiento en época imperial como vía de comunicación con el interior de Italia, en concreto con la región de la Sabina en una navegación interior.  En este puerto fluvial se encontraban los horrea Aemiliana, es decir, unos depósitos de cereal construidos en el 142 a. C. donde se guardaba el grano de la annona –aprovisionamiento anual del trigo-.

 

Templo de Portuno en el Foro Boario, Roma.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 27/12/2004)

 

 

 

El templo de Portuno, erróneamente identificado con el templo de la Fortuna Viril, se encuentra en lo alto de un terraplén que se creó para acondicionar los márgenes del río Tíber en el siglo II a. C., si bien se encontraron huellas de una anterior edificación del siglo IV o III a. C.

 

 

 

En Aragón, concretamente en Zaragoza, contamos con los restos del puerto fluvial de Caesar Augusta a orillas del Ebro; pincha aquí para visitar el Museo del Puerto Fluvial de Caesaraugusta.

 

Escalinata del edificio de acceso al puerto fluvial.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/04/2008)

 

 

 

 

 

FUENTES:

- GABUCCI, Ada: Roma, Barcelona, 2006

- HAMEY, L. A. y HAMEY, J. A.: Los ingenieros romanos, Madrid, 1990