TERMAS

 

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En los primeros tiempos de la República y en las insulae donde habitaban los pobres el aseo de los romanos era mínimo: gracias a una jofaina, un aguamanos y un cubo tenían lo necesario para su limpieza personal; según Séneca, Cartas a Lucilio LXXXVI 12 “la gente se lavaba cada día los brazos y las piernas y sólo tomaba un baño completo los días de mercado”.

Sin embargo, desde que las casas pudieron tener una cisterna y con la llegada de agua a través de los acueductos, las domus, las villae y las ciudades empezaron a tener baños públicos y privados.

En un principio los cuartos de baños privados eran pequeñas instalaciones rudimentarias con un desagüe y con un sistema de calentamiento de agua bastante pobre, tanto que en ocasiones el depósito de agua sólo permitía baños o duchas de agua a temperatura ambiente; normalmente en estos cuartos de baños estaban las letrinas (del latín lavatrina>latrina).  Uno de estos cuartos de baño conservado en Embona (Agde) se sitúa junto al depósito de agua de la casa y tiene unas modestas dimensiones de 2,50 metros por 1,40.

De la moda helenística de los baños públicos los romanos también heredaron el nombre: de βαλανεῖον pasó a balnea, en plural para designar baños públicos –si bien dedicados exclusivamente a baños, y no a actividades deportivas o culturales-, y en singular, balneum, para designar baños privados.  El término romano cuando los balnea van acompañados de instalaciones deportivas y culturales es thermae, es decir, termas.  Estos primeros balnea eran pequeños lugares sin grandes lujos, abiertos, regentados por empresarios privados; hasta la llegada de agua en acueductos en gran cantidad en el siglo I a. C., sobre todo con Agripa, estos balnea siguieron siendo muy pequeños.

 

 

 

Gracias a Cayo Sergio Orata, un hombre de negocios procedente de Campania que importó el sistema de calefacción por el suelo, los balnea mejoraron ostensiblemente.  Este sistema consistía en levantar el piso de los balnea mediante la construcción de unos pilares de ladrillo que, al sostener el piso (llamado suspensura, es decir, “suspendido, colgado”), formaban una cámara de aire de unos 60 centímetros entre el suelo y el piso; esta cámara estaba conectada a un horno hecho de ladrillo o lava porosa –el hypocausum- que la calentaba y que calentaba el piso de los balnea; esta cámara o este sistema se llama hypocaustum (“que calienta por debajo”).  La suspensura era una capa de tejoletas cubiertas de mosaico o mármol y que podía alcanzar un grosor de 80 centímetros, por lo que, aunque tardaba mucho en calentarse, mantenía el calor durante mucho tiempo, aunque estuviese apagado el horno.  Siempre que era posible, el hipocaustum estaba comunicado con unos tubos de arcilla que se encontraban dentro de la pared -tubuli parietales-, de manera que también a través de éstos y de ésta se calentaban las estancias.

 

Reconstrucción de un hypocaustum y su funcionamiento subterráneo y lateral con tubuli parietales, procedente de LIBERATI, Anna Maria y BOURBON, Fabio: Roma antigua, Barcelona, 2005

 

 

 

La novedad traída por C. Sergio Orata llegó primero a los baños privados de los pudientes romanos, multiplicándose el número de éstos, que generalmente eran calentados por hornos que se colocaban junto a las cocinas; este avance hizo que dejaran de ser pequeños cuchitriles y pasaran a ser estancias autónomas en las partes privilegiadas de las domus y villae.  El siguiente paso fue la ornamentación, pasando a ser profusa, con mosaicos, mármoles, estatuas, etc.

 

Detalle del hypocaustum de las termas de Glanum (cerca de St. Rémy de Provence, Provenza, Francia)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 8/8/2007)

 

 

 

 

Hypocaustum de las termas del Palacio de Constantino –siglo IV d. C.- en Arelate (hoy Arlés, Provenza, Francia)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 10/8/2007)

 

Termas de Vasio (hoy Vaison la Romaine, Provenza, Francia) con el horno, la cámara del hypocaustum y las salas de agua caliente y tibia

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 6/8/2007)

 

 

 

Con el avance de la calefacción y la traída de aguas de los acueductos el mantenimiento de los balnea suponía menos problemas técnicos.  El agua, bien recogida en cisterna o bien procedente de un acueducto, entraba directamente por tubuli de arcilla o plomo en las piscinas de agua fría; para las piscinas de agua caliente y tibia el agua se retenía en un depósito cerca del horno, se calentaba previamente y pasaba a las piscinas –si se dejara entrar agua fría en las piscinas tibia y caliente, haría falta más esfuerzos en calentar las piscinas, pues se enfriarían prontamente-.  Los hornos de los baños tuvieron así tres funciones: calentar el agua para las piscinas caliente y tibia, servir de calefacción a través del hypocaustum y calentar también las estancias gracias a las parietes tubulati, es decir, paredes que tenían en su interior tuberías de arcilla -tubuli- por donde circulaba el humo del horno.

 

Tubuli parietales que, comunicados con el hypocaustum, calentaban las estancias de las termas desde el suelo hasta el techo al subir por el interior aire caliente.  (Foto procedente de CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998)

 

 

 

Los balnea, pues, negocios privados, pronto rivalizaron unos con otros en servicios, de manera que se fueron haciendo cada vez más confortables, amplios y hermosos.  Se permitió la entrada también a las mujeres.  Su construcción no cesó, alcanzando el número de 160 al final de la República y más de 1.000 en el siglo IV d. C.

Dentro de los balnea y thermae se estableció un recorrido casi ritual, científica y médicamente explicado: alternancia entre calor y frío.  La visita a estas instalaciones no sólo permitía mantener una forma física –donde la palestra y la gimnasia se consideraron como ejercicios preparatorios para el recorrido ritual-, sino también era un placer altamente estimado.

El primer paso era el apodyterium –el vestuario- donde había que desnudarse; en un principio los romanos eran bastante pudorosos, no se desnudaban ante sus hijos y se bañaban con un subligamentum –una especie de calzoncillo-; sin embargo a partir del siglo II a. C., cuando los romanos empezaron a helenizarse culturalmente, el desnudo dejó de ser algo pudoroso.  En el apodyterium los ricos eran ayudados a desnudarse y vestirse por esclavos y dejaban las ropas normalmente en hornacinas horadadas en los muros y cerradas por puertas de madera con algún tipo de candado al modo de nuestras taquillas actuales.

 

 

 

Apodyterium de las termas de Bilbilis Augusta (Calatayud)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 21/8/2004)

 

Apodyterium de las termas de los Bañales de Tarraca (Uncastillo)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 3/11/2007)

Ver las Termas de los Bañales de Tarraca

 

 

 

El pudor ante la desnudez desapareció hasta tal punto que incluso se bañaban a la vez hombres y mujeres desnudos.  Si las instalaciones eran lo suficientemente grandes y ricas, las mujeres disponían de unas piscinas propias semejantes a las de los hombres, pero lo normal era que los balnea sólo dispusieran de las tres piscinas de agua caliente, tibia y fría, por lo que o se habilitaban horarios distintos para hombres y mujeres o compartían baños.  Así, los balnea se convirtieron en base de la “rumorología” acerca de adulterios, así como lugares de encuentro entre amantes, en un claro abandono de las costumbres tradicionales romanas, lo que escandalizaba a determinados sectores de la sociedad.  Conservamos textos como los de Quintiliano, Institución Oratoria V 9, 14, Marcial, Epigramas 72, 1 y 8, o Horacio, Epístolas I 6, 61-64, donde se comentan aspectos relacionados con las costumbres de los baños mixtos y de los placeres de los baños.  De hecho fue necesario en algunos momentos una regularización sobre el uso de las instalaciones para evitar estos problemas: Adriano impuso horarios diferentes, Marco Aurelio tomó medidas semejantes que Heliogábalo retiró, Alejandro Severo volvió a tomarlas y en el 320 el Concilio de Laodicea prohibió las termas a las mujeres.

 

 

 

El recorrido termal dentro de los balnea o de las thermae comenzaba por la sala tibia, el tepidarium, donde había una temperatura entre 25 y 30 grados y una humedad entre el 20 y el 40%.  Una vez comenzada la transpiración, se pasaba a salas más calientes: al laconicum, si el calor era seco, o al sudatorium, si era húmedo.  Después se pasaba a la sala caliente, al caldarium, donde la temperatura podía alcanzar los 55 grados con un 80% de humedad y que generalmente tenían una parte en forma de ábside.  En el caldarium había una piscina con el agua a unos 40 grados; en cuanto a las medidas normales la piscina tenía dos metros de ancho y permitía bañarse a una docena de personas a la vez; aquí era donde se limpiaban propiamente dicho, pues no había jabón, de modo que se frotaban con un estrígilo o estrígil, un raspador de metal curvo en cuyo hueco se arrastraban el sudor, los aceites y demás ungüentos previamente aplicados.  Cuando ya no se soportaba el calor, los bañistas se dirigían al labrum, una pila de agua fría a modo de pequeña bañera colocada generalmente en un ábside de las instalaciones.  Después, los que completaban el circuito, se atrevían a pasar a la sala fría, al frigidarium, nadando en el agua fresca de su gran piscina, mientras que los menos osados volvían al tepidarium antes de pasar por el frigidarium.  Podía encontrarse, además del frigidarium, una natatio, es decir, una piscina de agua fría, con frecuencia al aire libre exclusivamente para nadar.  El principio básico era el mismo en todos los casos: calentarse en el tepidarium, lavarse con agua caliente en el caldarium y refrescarse en el frigidariumEn las termas de los Bañales de Uncastillo se pueden contemplar la planta de todas estas salas.

La hora favorita para acudir a los baños era la hora octava –en verano cuando dejaba de apretar el calor y en invierno cuando aún quedaba todavía algo de luz-; todos debían pagar un cuarto de as, moneda de escaso valor, por lo que pocos eran los que no podían permitirse el lujo de los baños.  Antes y después del baño, muchos eran los que se quedaban a pasear por las instalaciones, jardines y ninfeos, a cenar, a charlar con los amigos, escuchar música en los auditorios, leer en la biblioteca, sentarse en las exedras, etc.

 

Detalles del ábside de las termas de Constantino en Arelate (hoy Arlés, Provenza, Francia)

(Fotos: Roberto Lérida Lafarga 10/8/2007)

 

 

 

Con el tiempo los emperadores empezaron a construir grandes complejos termales como símbolo de su riqueza y su magnanimidad con el pueblo.  Es entonces cuando los simples balnea se rodean de jardines, salas para jugar a la pelota –sphaeristeria-, salas de masajes –unctoria-, pórticos, bibliotecas, teatros, salones de descanso, tabernas, etc., es decir, una especie de grandes clubes sociales donde se podía pasar el día, hacer negocios, descansar, leer, etc.  Además, se decoraron profusamente con mosaicos, mármoles, estatuas, etc., llegando en ocasiones a unas dimensiones colosales.  Comenzó esta tradición Agripa en tiempos de Augusto que entre el 25 y el 19 a. C. mandó construir un gran complejo termal en el Campo de Marte en Roma que fueron reconstruidas en el siglo III.  Nerón, hacia el 60 o 64 d. C. construyó otras que ocuparon unos 3.000 m2 y fueron el gran modelo para las posteriores thermae construidas en Roma y en el imperio, al conjugar la palestra griega con los baños romanos, instituyendo las termas como un plan estatal: en torno del complejo se encontraban los estanques para recoger el agua, las calderas, fogones, almacenes de madera, viviendas del personal; contiguos en el recinto se encontraban el caldarium, el tepidarium y un gran frigidarium que recibió el nombre de aula o basílica; a ambos lados del complejo termal palestras –gimnasios y espacios al aire libre para practicar deportes-, vestuarios, salas reservadas para diversos usos –juegos, masajes, reposo, etc.-.  Trajano en el 109 d. C. inauguró otro completo termal con jardines, pórticos y palestra que alcanza los 110.000 m2 en un gran recinto cerrado por cuatro puertas capaz de albergar a miles de personas.  Las termas de Caracalla, del 216-217 d. C., ocuparon una extensión de 140.000 m2 y las de Diocleciano, las últimas grandes termas, del 300 d. C., daban cabida a 3.000 bañistas con una extensión de 150.000 m2.  Las termas –los balnea no, porque solían ser privados- se convirtieron en un servicio público, su gestión era tarea de los ediles y de curatores responsables del personal, de los suministros de agua y leña –generalmente de abeto-, la moral y las costumbres dentro de las instalaciones.

 

 

 

Las termas de Caracalla o termas Antonianas, fueron mandadas construir por Caracalla, que las inauguró, si bien fueron terminadas por sus sucesores Heliogábalo y Alejandro Severo.  Fue necesario crear una derivación especial de un acueducto, el aqua Marcia, para abastecerlas de agua.  Podían albergar a 1.600 bañistas.  Hoy todavía es visitable gran parte del complejo termal que, sin duda, permite hacerse a la idea del tamaño de las mismas.

 

Palestra de las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

Ábside de las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

Piscina en las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

Piscina en las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

Mosaico de las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

Mosaico de las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

Pavimento de mosaico de las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

Salas de las termas de Caracalla

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

 

 

Las termas de Diocleciano fueron las termas más grandes de Roma con un edificio central de 250 metros de largo por 180 de ancho y una superficie total de 150.000 m2.  Se sitúa en la zona del Esquilino, Quirinal y Viminal, siendo necesaria la destrucción de muchos edificios para su construcción, que fue bastante rápida –entre el 298 y el 306 d. C.-.  Sobrevive parte del edificio porque fue convertido en iglesia, la de Sta. María de los Ángeles y de los Mártires, cuya entrada es el ábside del caldarium de las termas y cuyo interior es parte del edificio principal de las termas –su frigidarium-; otra parte del edificio es actualmente el Museo de las Termas en cuyo jardín se conserva todavía la fachada principal del completo termal; por último, la actual plaza de la Exedra mantiene la estructura de la exedra de las termas.

 

Exterior de las termas de Diocleciano desde la Plaza de la Republica-Estación de Termini, actualmente Basílica de Sta. María de los Ángeles y de los Mártires  y Museo de las Termas (Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

Fachada de las termas de Diocleciano vistas desde el jardín del Museo de las Termas (Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

Ábside de las termas de Diocleciano, actualmente entrada a la Basílica de Sta. María de los Ángeles y de los Mártires (Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

Exterior de las termas de Diocleciano con su jardín, actualmente Basílica de Sta. María de los Ángeles y de los Mártires  y Museo de las Termas (Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

 

 

Para Malissard, como símbolos de la expansión del imperio, Roma sembró todas las ciudades con el templo dedicado a la tríada capitolina, es decir, construyó un Capitolio elevado, dominante y consagrado a los dioses en cada ciudad, como referente de las instituciones, principios y espíritu arcaico y republicano, mientras decoraba las ciudades con termas, cada vez más grandes, lujosas, heterogéneas, rebosantes de riquezas como imagen de la grandeza del imperio y como regalo del dios-emperador.  En suma, las termas y los balnea fueron un logro de la civilización romana y un símbolo de progreso que contribuyeron a la unidad del imperio subliminalmente, quizás mejor que los espectáculos y la lengua.

 

 

 

El modelo fue exportado a todo el imperio; podemos citar las modestas termas de Glanum (cerca de St. Rémy de Provence, Provenza, Francia), que fueron construidas en época de Augusto y estaban rodeadas por tres galerías al este, al sur y al oeste.  Del conjunto termal sobreviven el hypocaustum del caldarium, el frigidarium, la palestra, la natatio con una máscara de teatro como boca de la fuente de agua.

 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 8/8/2007)

Natatio de las termas de Glanum

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 8/8/2007)

 

Vista de la palestra, de la natatio y del frigidarium de las termas de Glanum

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 8/8/2007)

Frigidarium de las termas de Glanum

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 8/8/2007)

 

Detalle del hypocaustum de las termas de Glanum

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 8/8/2007)

 

 

 

En nuestro territorio son numerosos los ejemplos de conjuntos termales de época romana conservados: los Bañales de Uncastillo, las termas de Caesar Augusta, las termas de Bilbilis Augusta, etc.

 

 

 

 

 

 

 

 

FUENTES:

- MALISSARD, Alain: Los romanos y el agua: La cultura del agua en la Roma antigua, Barcelona, 1996

- BELTRÁN LLORIS, Miguel: “El agua profana en la cuenca media del valle del Ebro: AQUA DUCTA.  La captación del agua, presas, embalses, conducciones”, en AA. VV.: Aquaria: Agua, territorio y paisaje en Aragón, Zaragoza, 2006

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel, La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- SALVIAT, François: Glanum et les Antiques, París, 1991