SUPERSTICIONES Y SACRILEGIOS

 

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Las supersticiones, los sortilegios, las creencias religiosas tienen un componente de irracionalidad, de desconocimiento, de ignorancia que con frecuencia encierran o producen miedos, indefensión, etc., de manera que ante algo que no se puede definir por desconocimiento se genera una reacción irracional y temerosa.  Por otro lado, la gente inculta, ingenua, sobre todo en el campo, era el grupo donde estas creencias irracionales calaban más hondo; en general, los hombres cultos e instruidos en la filosofía y en la racionalidad solían dar poca o ninguna importancia a ningún tipo de supersticiones.

 

 

 

En la Roma antigua las supersticiones eran frecuentes y eran consideradas como parte de las relaciones entre hombres y dioses, en parte porque no había un dogma ni una doctrina que regulase o eliminase esta irracional faceta religiosa y humana, y en parte también porque se consideraba que los caminos por los que las divinidades podían dar avisos a los humanos eran muy dispares.  De este modo, un mal encuentro, un sueño terrible, una palabra casualmente oída, el derrame de aceite por el suelo, etc., se interpretaban como presagios, augurios, mensajes de los dioses.

Como todos los pueblos, también los romanos eran supersticiosos: tropezar al salir por el umbral de casa se consideraba mal augurio y pensaban que ese día era mejor quedarse en casa y no salir.  Si alguien mencionaba la palabra incendio en un banquete, se echaba agua sobre la mesa para apartar el mal augurio.  Si un gallo cantaba durante un convite, o dejaban de comer o hacían los conjuros necesarios para apartar el mal augurio.  Así pues, los romanos, supersticiosos casi por naturaleza y temerosos del mal de ojo, desde la infancia llevaban amuletos.  También tenían manías como cortarse las uñas en día de mercado y empezando por el dedo índice, pero, si se navegaba, uno no se cortaba ni las uñas ni el cabello.

 

Colgante fálico (siglos II-III d. C.) en bronce:  amuleto con significación apotropaica, es decir,  con supuesta capacidad para proteger a quien los llevara y alejar los males de quien los llevara.  Museo Arqueológico de Tarazona (Foto: Roberto Lérida Lafarga  21/03/2008)

 

 

 

También había hueco para la magia; si esta se vinculaba al amor se denomina sortilegi -“adivinación, profecía”- , pero, si se relacionaba con el odio, se les llama defixiones –“maldición, execración”-; como en el caso de las supersticiones, el caldo de cultivo de estas prácticas eran las gentes incultas, crédulas, temerosas, ignorantes e irracionales, lo que se demuestra por el lenguaje y los errores ortográficos encontrados en las tabulae defixionis –“tablas o escritos de maldición”- conservadas.  Aquí, la creencia que se encerraba era la de poder lograr que las divinidades o potencias sobrenatural intervinieran en asuntos de amor y de odio.  Como elemento humano, las defixiones se lanzaban contra todo tipo de enemigo o rival, judicial, familiar, comercial, deportivo, etc.  Las defixiones se escribían en láminas de plomo con el nombre del execrado al que se maldecía (con frecuencia acompañado del nombre de su madre), la fórmula de maldición y la dedicatoria de la víctima a las divinidades infernales y se colocaba en un sepulcro, un templo o un pozo de un manantial de agua caliente; el texto podía acompañarse de símbolos mágicos o fúnebres y dibujos; en la maldición, con frecuencia, se especificaba el mal que se quería causar a la víctima: “destruidle y destrozadle los huesos”, “horádale el alma y la lengua”, “introducidle terribles fiebres en todos los miembros”, etc.

 

Amuleto romano consistente en falos y manos haciendo un signo para evitar el mal de ojo -fascinum-.  Museo Provincial de Zaragoza:  Colonia Lepida Celsa. 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 21/06/2008)

 

 

 

En el caso de los sortilegios, la mujer, para traer a su amado, se convertía en hechicera, en brujas, en magas, recurriendo a ingredientes terribles para sus conjuros: vísceras de rana, plumas de aves, huevos de serpientes, venenos, etc.  También creían que la astrología y los eclipses podían tener algo que ver en el éxito de estos conjuros.  La preparación de un sortilegio podía ser complicada e implicar preparativos terribles en los cementerios, en las sepulturas, con huesos de muertos.

Del mismo modo que nosotros asustamos a nuestros niños con el Coco o el hombre del saco, los romanos poseían la Lamia, una mujer que rondaba amenazante, haciendo su comida a partir de niños vivos y que siempre llevaba en el estómago a uno de ellos.  No obstante, este tipo de creencias también alcanzaba a los supersticiosos y temerosos en la vida adulta; así, de origen etrusco, entre las gentes más crédulas existía la creencia en las almas de los difuntos –los lemures- y la vida de ultratumba.  También se creía que algunos hombres –versipelles- podían transformarse en lobos para asaltar a los rebaños por las noches; que algunas viejas podían convertirse en pájaros; que existían “hombres marinos”, monstruos en los mares del norte medio hombres, medio fieras; que brujas y vampiros pretendían robar los cadáveres para mutilarlos, etc.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990