LA MUERTE

 

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A lo largo de toda la humanidad, la muerte y el destino del cadáver siempre han estado vinculados a los ritos religiosos.  En el caso de Roma eran variadas las prácticas y ceremonias que se desarrollaban desde el momento en que alguien iba a morir hasta que su cadáver descansaba definitivamente.

 

 

 

El funeral de un ciudadano romano de buena familia podría ser el siguiente: el enfermo moribundo solía ser colocado sobre la tierra desnuda, donde, con un beso, un familiar recogía su último suspiro y le cerraba los ojos.  Ya muerto, se producía la conclamatio, es decir, los presentes decían el nombre del difunto en voz alta.  Después se preparaba el cadáver, tarea que hacían las mujeres de la casa o los pollinctores, unos hombres encargados de ello, como nuestras pompas fúnebres; se lavaba el cadáver con agua caliente, lo cubrían de ungüentos y realizaban una especie de embalsamamiento provisional; lo vestían si era ciudadano romano con la toga y si era magistrado con la toga praetexta; lo depositaban en un lecho fúnebre y lo colocaban en el atrio de la casa expuesto para que fuera visto por las visitas.  Alrededor del cadáver ardían lámparas y candelabros y sobre el difunto se depositaban flores, coronas y cintas.  El fuego del hogar era apagado en señal de luto.  Mientras, las mujeres de la casa lloraban y se lamentaban, arrancándose el cabello, arañándose, golpeándose el pecho y rasgando sus vestidos. Después se producía la ceremonia solemne con gran pompa y a la luz del día, el funus –“funeral”- y el muerto era incinerado en una pira funeraria o era inhumado, es decir, enterrado, que fue el uso prevaleciente en época imperial.

 

Lámparas romanas como las que se podían utilizar para velar a un cadáver.  Museo Nacional de Arqueología de Tarragona.  (Foto Roberto Lérida Lafarga 06/06/2008)

 

 

 

Los pobres eran enterrados el mismo día de su muerte, mientras que los emperadores eran expuestos una semana.  Los funerales de la gente pobre –funus plebeium o tacitum- y el de los niños –funus acerbum-eran rápidos y solían celebrarse de noche.  Si el funeral de un individuo lo hacía el estado era un funus publicum, pero si lo hacía su familia era un funus privatum.

Entorno a los funerales había una empresas de pompas fúnebres –libitinarii- con sus empleados que se encargaban de los funerales: pollinctores para preparar el cadáver, vespillones para ponerlo en el ataúd, llevarlo a la pira funeraria o enterrarlo, y dessignatores, que organizaban y dirigían los grandes cortejos fúnebres; como es lógico pensar, era un negocio bastante lucrativo, si bien conllevaba este oficio una reducción de los derechos civiles.

 

Sarcófago del Pedagogo, en el Museo y Necrópolis Paleocristianos de Tarragona. 

(Foto Roberto Lérida Lafarga 06/06/2008)

 

 

 

En lugar de las esquelas escritas que ahora podemos leer en los periódicos, un heraldo anunciaba el funeral de un difunto –indicere funus- mediante una fórmula fija: ollus [nombre del difunto] Quiris leto datus est –“aquel ciudadano [nombre del difunto] ha sido entregado a la muerte”-. 

Un gran cortejo funerario –pompa- comenzaba con tocadores de tibias y con el sonido de flautas, trompas y tubae; después iban los portadores de antorchas y mujeres pagadas a sueldo –praeficae- que entonaban gritos de dolor –lugubris eiulatio- y cantos y alabanzas al difunto –naenia-; en ocasiones, también había mimos y bailarines que danzaban y hacían chistes durante el funeral con canciones que no respetaban al muerto.  Por fin, después de las imágenes de los antepasados iba el ataúd con el muerto descubierto, a la vista de todos, acompañado de los familiares vestidos de negro y las mujeres sin adornos y con los cabellos sueltos.  Si el muerto había sido un cargo político o un personaje de importancia en la vida política de la ciudad, el cortejo fúnebre pasaba por el foro, donde su familia estaba sentada en sillas curules –reservadas a algunos magistrados- y sentado junto a los rostra, donde el hijo del difunto o un pariente próximo pronunciaban un discurso funerario de alabanza –laudatio funebris-.

 

Urna funeraria de vidrio.  Museo Nacional de Arqueología de Tarragona. 

(Foto Roberto Lérida Lafarga 06/06/2008)

 

 

 

Por una antigua ley estaba prohibido que los muertos fueran enterrados o incinerados dentro de la ciudad de Roma.  Parece ser que durante la República y los primeros momentos del imperio lo más frecuente era la incineración, siendo reservada la inhumación para los pobres y los esclavos.  Así, la incineración se realizaba de la forma más sencilla con el bustum, es decir, un agujero cavado en la tierra que se llenaba de madera, se depositaba al difunto, se prendía fuego a la pira y las cenizas eran cubiertas de tierra.  No obstante, era más frecuente que el cuerpo fuera incinerado en una hoguera o pira en un sitio –ustrina- y luego fueran enterradas las cenizas en otro –sepulcrum-.  En los casos importantes, la pira funeraria dejó de ser un mero montón de madera para ser una construcción a modo de altar donde se depositaba el cadáver y donde los amigos y familiares depositaban objetos como vestidos, armas, joyas, comida, etc.  Al muerto se le abrían y cerraban los ojos como señal de despedida y se le quemaba; las brasas finales eran apagadas con vino, los huesos eran recogidos y cubiertos con ungüentos o miel hasta su enterramiento, depositados en una urna.  Hasta que los restos eran enterrados, la familia tenía la condición de impureza –familia funesta-.

 

Urna funeraria con la indicación Dis Manibus

Museo de las Termas de Roma.   (Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

 

 

Los restos mortales se depositaban en columbarios, nichos dispuestos a modo de palomares en cada uno de los cuales cabía una urna.  Los ricos podían hacerse construir un lujoso monumento rodeado de un espacio consagrado al muerto o un jardín.  Cuando fue más frecuente el enterramiento, hubo que habilitar espacios para enterramientos de tanta población, por lo que se ampliaron las catacumbas (probablemente derivación del griego κατά “debajo” y τύμβος “tumba” o de κατά “debajo” y κύμβας “cavidades”) ya existentes a las afueras de la ciudad.  Dentro de estas catacumbas las familias con ciertos recursos económicos se hacían construir mausoleos particulares y también había espacios reservados para urnas de difuntos incinerados, los columbarios.  Estas catacumbas se hacían excavando una roca volcánica blanda y fácil de extraer, hasta que se topaban con otro tipo de roca muy dura; por ello, las catacumbas suelen tener varios pisos de altura y muchos pasillos y corredores que, a modo de espina de pescado, salen desde un pasillo central.  Algunas catacumbas, como las de san Sebastián, pueden llegar a tener hasta 12 kilómetros de pasillos.  En general, estas catacumbas estuvieron activas como lugar de enterramiento hasta el siglo VI d. C.

 

Columbario donde se depositaban las urnas funerarias dentro de las catacumbas de San Sebastián, en Roma.

 

 

Entrada a diversos panteones familiares dentro de las catacumbas de San Sebastián, en Roma.

 

 

 

Hay que desterrar la idea de que las catacumbas fueran el lugar de refugio de los cristianos perseguidos.  Como todos los habitantes de Roma, sobre todo los pobres, cristianos y judíos tenían que ser enterrados en las catacumbas, de manera que los ritos de la muerte se celebraban en ellas; posteriormente, como estas catacumbas fueron el lugar de enterramiento de muchos mártires cristianos –por ejemplo, san Sebastián-, se convirtieron en lugar de devoción, de peregrinación y de celebración de misas para los cristianos, de manera que estos edificios quedaron vinculados a la imaginería y a la tradición de los antiguos cristianos en Roma.

 

Nichos para los cadáveres en las catacumbas de San Sebastián, en Roma.

     

Como estaba prohibido el enterramiento dentro de la ciudad, salvo a generales que hubieran vencido en batallas, los romanos eligieron como lugar apropiado para llevar sus enterramientos las catacumbas y las vías de salida de la ciudad.

Así, es altamente recomendable, si se visita Roma, recorrer la vía Appia al menos hasta la tumba de Cecilia Metela.  En la Antigüedad gran parte de esta vía estaba salpicada de mausoleos y tumbas monumentales de personajes importantes de Roma: los sepulcros de los Escipiones, de Geta, de Priscila, los columbarios de Vigna Codini o dei Liberti di Augusti, los mausoleos de Rómulo y de Cecilia Metela, las catacumbas de San Sebastián, del Pretestato y las catacumbas hebreas, etc., son entre otros los monumentos funerarios todavía visitables en dicha vía.

 

Tumba-Mausoleo de Cecilia Metela en la vía Appia de Roma. 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- ESPINÓS, Josefa et alii, Así vivían los romanos, Madrid, 1987

- GARCÍA GUAL, Carlos: La Mitología: Interpretaciones del Pensamiento Mítico, Barcelona, 1987

- GARDNER, Jane F.: Mitos Romanos, Madrid, 1995

- GRIMAL, Pierre: Diccionario de Mitología Griega y Romana, Barcelona, 1981

- HACQUARD, Georges: Guía de la Roma Antigua, Madrid, 2003

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990