DIVINIDADES  ORIENTALES EROMA

 

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Desde su expansión por el Mediterráneo los romanos fueron dando acogida en su religión a divinidades extranjeras.  De alguna manera, sobre todo, al final de la República y con el Imperio, fue patente que los romanos se mostraban muy indiferentes hacia sus dioses, su espíritu religioso estaba en cierto modo vacío y las historias religiosas habían pasado a ser meras fábulas mitológicas, a pesar de que seguían celebrando sus festividades, alegres y bulliciosas, de manera que no es difícil comprender que la mística de los cultos orientales supusieran una llamada y una atracción para el espíritu religioso de los romanos. 

 

 

 

En otras palabras, la fe de los romanos no había desaparecido, pero las carencias de una educación romana irracional y ficticia permitía que la fe se acrecentara; el politeísmo oficial romano no satisfacía esa fe, de manera que los cultos de sectas filosóficas y los misterios de los dioses orientales sí daban una respuesta a esta fe, pues respondían a sus preguntas, aliviaban sus inquietudes, daban incluso explicaciones del mundo con reglas de conducta y cierto alivio ante el mal y la muerte.

Así pues, creencias religiosas procedentes de oriente, pero maduradas durante cierto tiempo en Grecia y en la esfera del helenismo, fueron penetrando en la sociedad romana paulatinamente.  En cierto modo, muchos de estas religiones orientales eran una mezcla de filosofía y de creencias, con sus dogmas, sus oraciones, sus himnos, sus sacrificios, sus ceremonias, etc.  No obstante, a grandes rasgos todas estas religiones comparten algunas características, como la existencia de unos dioses que sufren, mueren y resucitan, con explicaciones del cosmos, dioses protectores en función de la pureza del hombre, dioses que protegen a sus iniciados y a todo el universo.

 

Estatua de Dionisos/Baco en los Museos Capitolinos, Roma. 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

 

 

Así, en el 204 a. C. acogieron la Piedra Negra, el símbolo de la diosa Cibeles, enviada por el rey de Pérgamo desde Pesinonte (Galacia, en la actual Turquía) a petición del senado de Roma, si bien prohibieron el culto a Atis, el amante de Cibeles, por ser sangriento y turbar el orden.

El culto a Baco y los misterios de las Bacanales que suponían ceremonias de iniciación especiales para sus adeptos fueron objeto de continuos escándalos que dieron lugar a que en el año 186 a. C. fueran ferozmente reprimidos y suprimidos.

Durante el imperio muchos de estos cultos, incluso los prohibidos y a pesar del intento de Augusto por frenar su avance, se fueron haciendo cada vez más populares, no sólo entre las clases altas romanas, lo que supuso un detrimento de los cultos nacionales; así, los cultos de Isis, Serapis, Cibeles, Atis, etc., serán frecuentes entre los romanos y contarán con sus propios templos y sacerdocios.  Claudio autorizó la liturgia dedicada a Cibeles y Atis; antes Calígula favoreció los cultos egipcios y Domiciano restauró con todo lujo el templo de Isis destruido en un incendio en el año 80 d. C.; Nerón sólo adoraba a Hadad y su paredrus Artagatis, una divinidad siria.

 

Cabeza de Atis en el Museo y Necrópolis Paleocristianos de Tarragona. 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 06/06/2008)

 

 

 

De incorporación tardía en el imperio, en el siglo II d. C. bajo los emperadores Flavios, es el culto de Mitra entre los romanos, dios persa del cielo, de la tierra y de los muertos.  Durante cierto tiempo rivalizó con el cristianismo, con el que coincidía en algunos aspectos como el monoteísmo y un tipo de bautismo, y, de hecho, fue uno de los pilares de los paganos para luchar contra el cristianismo; el mitracismo, durante mucho tiempo clandestino, se convirtió en culto oficial hasta su abolición por el emperador de origen hispano Teodosio.  Probablemente la representación más conocida de esta diosa era el Taurobolium, es decir, la diosa con una rodilla sobre un toro al que está sacrificando, clavándole un cuchillo.

 

Mitra Taurobolium.  Museo Nazionale Romano alle Terme.  Roma.

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

 

 

Estos ritos y religiones, básicamente monoteístas, se desarrollaban con ceremonias públicas y también con ceremonias iniciáticas casi siempre secretas y mistéricas.  Entre los adeptos se elegía cuidadosamente a los sacerdotes de cada culto; todas estas religiones poseían una doctrina basadas en la revelación de los misterios y de la fe y en el prestigio que les daba su modo de vida y su atuendo.  De manera general, estas religiones imponían a sus seguidores, además de la iniciación, períodos de ascetismo –ejercicios religiosos-.  Sin embargo, entre los sectores de la población más tradicionalista todas estas religiones orientales fueron consideradas como sospechosas y sus sacerdotes como charlatanes, estafadores, desvergonzados, etc., que se aprovechaban del pueblo para sus propios fines y bienestar.

 

Estatuas de Atis en el mausoleo romano conocido como la Torre de los Escipiones, en la provincia de Tarragona.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 09/06/2008)

 

 

 

Desde el punto de vista teológico, las religiones orientales suponían una superioridad religiosa respecto de la religión romana; aunque los ritos orientales pudieran parecer bárbaros o impúdicos, tenían un efecto positivo entre los individuos.  Deslumbraban a sus fieles por el brillo de sus fiestas, la pompa de sus procesiones, sus místicos cánticos y su encantadora música; los obsesivos estados contemplativos y las prolongadas mortificaciones, las danzas y algunas bebidas provocaban que determinados cultos y ceremonias supusieran auténticas fiestas en las que los fieles alcanzaban un estado de éxtasis, de delirio y de bienestar donde olvidaban sus penas y su dolor; es decir, mediante diferentes caminos se llegaba al encuentro del saber, de la pura virtud y de la victoria sobre el dolor físico, el pecado y la muerte.

No obstante, conviene no olvidar que, aunque estas religiones fueran monoteístas y sus adeptos llegaran a adorar únicamente al dios de su doctrina, el estado romano seguía siendo politeísta, al admitir junto a los dioses antiguos, estos nuevos, sin que ninguno tuviera preeminencia sobre los otros.

Sin embargo, el culto extranjero más importante de los introducidos en Roma y, a la postre, el que se acabará imponiendo, será el cristianismo.  Clic aquí para saber más sobre otro culto oriental: el cristianismo.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- ESPINÓS, Josefa et alii, Así vivían los romanos, Madrid, 1987

- GARCÍA GUAL, Carlos: La Mitología: Interpretaciones del Pensamiento Mítico, Barcelona, 1987

- GARDNER, Jane F.: Mitos Romanos, Madrid, 1995

- GRIMAL, Pierre: Diccionario de Mitología Griega y Romana, Barcelona, 1981

- HACQUARD, Georges: Guía de la Roma Antigua, Madrid, 2003

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990