ECRISTIANISMO

 

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Sin embargo, el culto extranjero más importante de los introducidos en Roma y, a la postre, el que se acabará imponiendo, será el cristianismo.

Las novedades del cristianismo se basaban en la creencia en un dios único, perfecto y bueno, cuya doctrina fue desarrollada por su encarnación, su hijo Jesús; el cristianismo defendía la igualdad de todos los hombres ante su dios y basaban su forma de vida en el amor mutuo entre los hombres porque los hombres son amados por su dios; por último, su creencia conlleva que para los hombres buenos, que han ejercido la virtud, hay tras la muerte una bienaventuranza eterna.  Como religión, el cristianismo se extendió rápidamente, alcanzando en primer lugar y sobre todo a la gente humilde y a los esclavos, si bien también élites romanas se dejaron persuadir por sus preceptos.  Así, se sabe que a partir del siglo II d. C. en todas las ciudades importantes del imperio hay núcleos cristianos, si bien parece que los primeros testimonios de comunidades cristianas en Roma datarían del imperio de Claudio.

 

Chrismon con alfa y omega en un mosaico de la Villa Fortunatus de Fraga (Huesca) datado hacia el 375 d. C.  Museo Provincial de Zaragoza

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 03/01/2008)

 

 

 

La amplia comunidad judía instalada en Roma desde tiempos de Julio César pudo ser origen de los primeros cristianos en Roma, si bien, después de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70, con los emperadores Antoninos, cristianos y judíos se esforzaron claramente por diferencia la sinagoga de la iglesia y no confundir sus cultos.

No obstante, la creencia en su único dios los hacía peligrosos y enemigos públicos, pues se negaban en participar en ritos y ceremonias de otras religiones, incluido el culto imperial; al no integrarse en la unidad imperial, al no cumplir las prácticas religiosas tradicionales, sufrieron en ocasiones persecuciones hasta finales del siglo III aunque a nivel local; en cierto modo, estos nuevos cristianos olvidaban su origen romano y sus deberes como romanos, considerándose sólo cristianos, lo que hizo que la gente los considerara algo así como desertores y enemigos públicos.  La más importante o la más trascendente de las persecuciones de romanos, sin duda, fue la acusación por parte de Nerón según la cual los cristianos serían los responsables del incendio de Roma del año 64, de modo que la ira de la población de Roma se volvió contra ellos.  Bajo el emperador Decio, en los años 250-251, y Diocleciano, en los años 303-305, se produjeron las últimas persecuciones de cristianos.

Además, las persecuciones tuvieron un efecto contraproducente: el valor y el heroísmo con el que los cristianos aceptaban su destino los convirtió en mártires (del griego μάρτυς “testigo (de la fe)”) y en ejemplo del buen cristiano y de la fuerza de su creencia y de la del evangelio, por lo que se multiplicó el número de adeptos.

 

Coliseo de Roma, donde murieron numerosos seguidores de la fe cristiana.

(Foto: Javier J. Boix Feced 01/08/2005)

 

 

 

Desde muy temprano el cristianismo se basó en la propagación de su doctrina; en un principio gracias a los apóstoles y sus discípulos, que vendrían a ser los primeros misioneros itinerantes que evangelizaban y cristianizaban a la gente; después, se organizó un clero fijo que organizaba clandestinamente las primeras comunidades cristianas en cada circunscripción romana, dando paso todavía en época imperial a la creación de diócesis y obispados.

 

Sarcófago paleocristiano de Castiliscar (Zaragoza), datado en 340-350 d. C., lo que testimonia la expansión del cristianismo por el imperio romano 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 3/11/2007)

 

 

 

Como otras religiones orientales, los cristianos también tenían unas ceremonias de iniciación: el creyente debía ser instruidos en los preceptos de la fe cristiana y sólo entonces era bautizado y confirmado en la fe.  Sus ceremonias iban acompañadas de oraciones y ayunos, y el rito más importante era la imitación de la última cena de Jesús con sus apóstoles mediante la consagración del pan y del vino como su cuerpo y su sangre.  Basada en el amor al prójimo, esta religión humana y pura garantizaba la vida después de la muerte y se prometía la resurrección, como la de su dios.  Obligaban a sus fieles a cumplir unos preceptos que podían completarse con la contemplación, el ascetismo y el éxtasis y transmitían y compartían sus consejos y sus enseñanzas al resto de comunidades cristianas.  Su novedad se basaba en que, como religión, estaba desprovista de aberraciones astrológicas, sacrificios sangrientos e iniciaciones de carácter dudoso; la comunidad de fieles era abierta, no secreta ni histérica, todos eran iguales, hermanos, sus reuniones se llamaban ágapes (del griego ἀγάπη “amor”).

 

Sarcófagos en los jardines del Museo y Necrópolis Paleocristianos de Tarragona, la necrópolis paleocristiana más grande del occidente del Imperio Romano. 

 (Foto: Roberto Lérida Lafarga 06/06/2008)

 

 

 

El Edicto de Milán del año 313, promulgado por el emperador Constantino –que se hizo bautizar en la fe cristiana en su lecho de muerte-, supuso, cuando menos, la igualdad del cristianismo respecto de los demás cultos orientales de Roma y de un modo efectivo conllevó que los cultos paganos fuesen cada vez peor tolerados y considerados, de manera que fueron desapareciendo progresivamente a lo largo del siglo IV, incluidos los cultos domésticos, siendo activos sólo en el campo (del término latino pagus “campesino” > paganus). En el año 382 se prohíben los cultos y se disuelven los colegios sacerdotales romanos, cerrándose los templos y retirándose las estatuas de todos los dioses.

A partir de aquí se reorganizó el cristianismo bajo el nombre de Iglesia (del griego ἐκκλησία “asamblea”) imitando la organización política del imperio romano; cada ciudad tendrá una sede diocesana eclesiástica gobernada por un supervisor, el obispo (del griego ἐπίσκοπος “guarda, protector”); el obispo nombra sacerdotes para el culto que son ayudados por diáconos (del griego διάκονος “servidor”); a la cabeza de toda la Iglesia está el obispo de Roma, el Papa, el Sumo Pontífice, sucesor de san Pedro.  Los obispos de cada provincia se reunían en Concilios y a partir del siglo IV los obispos de toda la cristiandad se reunían en Concilios Ecuménicos (del griego οἰκουμένη “la tierra habitada, el imperio romano, el mundo”).

 

Estatua del emperador Constantino de tamaño colosal.  Museos Capitolinos de Roma.

 (Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- ESPINÓS, Josefa et alii, Así vivían los romanos, Madrid, 1987

- GARCÍA GUAL, Carlos: La Mitología: Interpretaciones del Pensamiento Mítico, Barcelona, 1987

- GARDNER, Jane F.: Mitos Romanos, Madrid, 1995

- GRIMAL, Pierre: Diccionario de Mitología Griega y Romana, Barcelona, 1981

- HACQUARD, Georges: Guía de la Roma Antigua, Madrid, 2003

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990