LOS PUENTES

 

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En la realización de su red viaria los romanos levantaron en todo su imperio unos 2.000 puentes, obras de ingeniería de increíble maestría técnica; estos puentes quizás son el símbolo más evidente de esa red viaria y el que en bastantes ocasiones se nos ha conservado, gracias, esos sí, a obras de remodelación, mantenimiento y restauración a lo largo de 2.000 años.  En la ciudad de Roma en época republicana sólo había 4 puentes: el puente Sublicio, el más antiguo y del que no han quedado restos porque fue construido con hierro y madera para ser destruido fácilmente en caso de peligro de guerra; el puente Emilio, el primero construido en piedra  en el 179 a. C. hoy conocido como el puente Roto, porque se destruyó parcialmente y todavía son visibles sus restos en el cauce del río Tíber; el puente Fabricio del año 62 a. C. y el puente Cestio levantado pocos años más tarde para unir la isla Tiberina con las dos orillas del río.  En época imperial se construyeron 5 puentes más como el de Agripa o el puente Milvio; el Neroniano quedaba fuera de los límites de las murallas y por ello fue destruido en el siglo VI d. C.

 

Pont du Gard (Provenza, Francia), a la vez puente y acueducto.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 06/08/2007)

 

 

 

La base de los puentes romanos era el arco, sistema de construcción que heredaron de los etruscos y que desarrollaron y perfeccionaron.  El arco usado por los romanos es el arco de medio punto, es decir, arcos de media circunferencia.  El éxito de la construcción de un arco reside en saber mantener el equilibrio de fuerzas y pesos de las piedras que lo forman; en concreto, un arco lo que hace es desviar el peso y la fuerza de las piedras de encima hacia los laterales; para ello, es necesario contar con buenos cimientos, buenos contrafuertes o estribos que contengan la fuerza y el peso del arco, un centrado exacto y un perfecto ajuste de las dovelas –piedras en forma de cuña que componen el arco-.  Una dificultad añadida para los constructores de puentes era el peso que suponía el hecho de que por encima del puente pasara una calzada.  Para levantar un arco era necesario crear un armazón de madera que sujetara provisionalmente la estructura hasta que se colocaban todas las dovelas del arco; entonces se desarmaba el armazón y el arco reposaba sobre sus contrafuertes.

 

Sección de la construcción de un puente, según  HAMEY, L. A. y HAMEY, J. A.: Los ingenieros romanos, Madrid, 1990

 

 

 

El primer trabajo para construir un puente era excavar unos hoyos para comprobar el subsuelo y su resistencia para soportar el gran peso de un puente.  Tras elegir el lugar donde se iba a levantar, se marcaba dónde iban a ir sus contrafuertes y se empezaban a echar sus cimientos.  El problema de algunos de los contrafuertes era que tenían que hacerse dentro del lecho del río, de manera que el agua suponía un problema; para ello idearon lo que se denomina ataguía, es decir, un recinto hermético a base de troncos que se clavaban en el lecho del río y que dejaban un hueco mayor que el de los cimientos del contrafuerte, al tiempo que unas bombas de agua permitían evacuar el agua que iba entrando en la ataguía; Vitruvio indica que debía construirse una doble ataguía mediante la unión de troncos con tablones y cadenas y entre las dos ataguía llenar el espacio con arcilla bien apretada y después se evacuaba el agua que todavía pudiera quedar o filtrarse con mecanismos hidráulicos a modo de nuestras bombas de agua; si los cimientos no eran muy grandes o el cauce del río no era muy profundo bastaba con cubos de agua para evacuar el interior de la ataguía.

 

Construcción de un puente, dibujo  procedente de HAMEY, L. A. y HAMEY, J. A.: Los ingenieros romanos, Madrid, 1990

 

 

 

Una vez delimitado el espacio para el contrafuerte había que proceder en muchas ocasiones a un allanado y a una consolidación del terreno mediante hormigón.  A partir de aquí comienza la construcción propiamente dicha.  En ocasiones los romanos levantaban sus puentes con grandes bloques de piedra sin unirlos con argamasa; era necesario cortar y tallar los bloques de piedra que se ensamblaran perfectamente y se mantuvieran en su sitio; en ocasiones, la fuerza del agua era capaz de arrastrar estos bloques y dar al traste con el puente, por lo que la argamasa u hormigón resultó más útil, así como permitió la utilización de bloques de piedra de menor tamaño.

 

Puente romano de Vasio (hoy Vaison la Romaine, Provenza, Francia).  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 06/08/2007)

 

 

 

Entre los bloques que componían el puente se solían colocar algunos que sobresalían de la estructura o incluso cornisas; estos salientes y cornisas solían ser utilizados para base de los andamios y para centrar el arco.  Los canteros levantaban el contrafuerte o estribo hasta la imposta y allí los carpinteros levantaban el armazón de madera para hacer un arco, apoyándolo en las cornisas o impostas; el exterior del armazón semicircular tenía la misma medida y forma que el interior e inferior del arco –intradós-; lógicamente este armazón de madera tenía que ser lo suficientemente fuerte y estar lo suficientemente asegurado como para sostener las toneladas de peso de las dovelas de piedra del arco.  Mediante grúas se hacían subir las dovelas del arco y se colocaban una tras otra, hasta que se ponía la dovela central, llamada clave, tras lo cual se procedía a retirar parcialmente el armazón de madera.  Primero se desplazaba hacia abajo, quitando las cuñas que los sostenían sobre las cornisas o impostas; tras construir las enjutas y allanar la curva del extradós –la cara externa y superior del arco- con hormigón y escombros, se retiraba completamente el armazón de madera y finalmente se hacía la calzada por encima del puente.

 

 

 

 

Como curiosidad, podemos decir que los primitivos romanos –los romanos son un pueblo muy supersticioso- tenían tanto miedo de los espíritus que tenían que hacer rituales incluso antes de cruzar un río, incluso sobre un tronco; por ello, recurrían a sus sacerdotes, algunos de los cuales recibían el nombre de pontifices, es decir, “constructores de puentes”.

     

En Aragón perviven varios puentes romanos, sino completos, al menos se pueden contemplar sus restos.  Especialmente conservado está el de Luco de Jiloca (Teruel).

 

Puente Romano sobre el  río Jiloca cerca de Luco de Jiloca; detalle del lado de aguas arriba.

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 23/04/2008)

 

Puente romano en el Cañón de Añisclo (Huesca), sobre una garganta de 100 metros de profundidad.  (Foto:  Roberto Lérida Lafarga 10/10/2005)

 

 

 

 

 

FUENTES:

- GABUCCI, Ada: Roma, Barcelona, 2006

- HAMEY, L. A. y HAMEY, J. A.: Los ingenieros romanos, Madrid, 1990