PROBLEMAS DE CONSTRUCCIÓN

 

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Un problema eran los frecuentes incendios.  Las insulae eran construidas con vigas de madera, pero para cocinar y para calentarse se usaban infiernillos portátiles, velas, lámparas de aceite, antorchas, etc.; a ello se suma que el suministro de agua rara vez llegó a las insulae, de modo que los incendios estaban a la orden del día y su sofocamiento era una tarea bastante ardua, por cuanto se propagaban con gran rapidez a otros cenacula y a otras insulae.

Otro problema de las viviendas era su iluminación: aunque tenían grandes vanos en sus muros, su disposición según la hora del día o permitía la entrada de demasiada luz y aire o todo lo contrario; sólo en las casas de los potentados las ventanas podían tener a modo de cristales láminas de vidrio grueso opaco o de lapis specularis, una piedra de yeso muy fina que permite el paso de la luz (en la zona de Segóbriga, cerca de la localidad actual de Saelices, en Cuenca, había unos importantísimos yacimientos de este tipo de piedra que se exportaba a todo el imperio).  No obstante, lo normal parece ser que tuvieran ventanas relativamente grandes con cortinas de tela o piel, con postigos de madera en las ventanas e incluso con rejas de hierro o terracota en forma de parrilla.

 

 

Reja de hierro de una ventana de Pompeya (Italia).  Foto procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.

 

 

 

Otro problema de las viviendas era la calefacción.  En las insulae no había calefacción central ni chimeneas ni estufas; sólo algunos hornos situados en tabernae tenían chimenea; esto hace que la calefacción en las insulae se basara siempre en elementos portátiles –infiernillos y braseros de cobre o bronce- con brasas y rescoldos que producían gases en ocasiones venenosos por mala combustión y la sequedad del ambiente.  Sólo las domus podían estar dotadas de sistemas de calefacción, semejante al de los complejos termales, y en ocasiones conectados con los complejos termales o balnearios que en ellas había; así hypocausus –hornillos alimentados por madera o carbón- e hypocaustum –horno y cámara de combustión subterránea- sobre el cual se colocaba el suelo –suspensurae- y conectado con tubos en la pared –tubuli parietales- permitían una calefacción global para gran parte de las estancias de una domus.

 

 

 

El suministro de agua corriente también diferenciaba a las domus de las insulae.  Las primeras podían almacenar agua a través de sus impluvia y de cisternas, al tiempo que solían recibir agua corriente para poder disponer de balnearia o termas privadas.  Las insulae no recibían agua; de manera general, en la calle a menos de 40 metros disponían de una fuente de agua corriente, pero debían acudir a estas fuentes públicas a recoger agua: Roma contó con 247 depósitos –castella- que suministraban agua a las fuentes para consumo público.  En todo caso en las insulae suntuosas los propietarios de la planta baja –la domus- podían tener pequeños depósitos de agua para un consumo privado moderado.  Así, en las insulae solía haber la figura de los aguadores –aquarii-, esclavos de baja consideración que junto con porteros –ostiarii- y barrenderos –zetarii- solían pasar como propiedad en la transacción de venta o alquiler de una insula o de la domus de una insula suntuosa.  Paralelamente, las insulae tampoco contaban con desagües o, en todo caso, sólo en la planta baja, frente a las domus que o tenían conexiones a la red de cloacas o poseían pozos ciegos donde derivar sus aguas residuales.  Entonces, los habitantes de las insulae utilizaban a modo de orinales vasijas –lasana- o sillas-retrete –sellae pertusae- que vaciaban en una tinaja –dolium- que solía situarse debajo de la escalera del edificio y eran recogidos por empresas de abonos; ese era el mejor de los casos, porque en muchas ocasiones estos dolia no existían, por lo que debían acudir a un estercolero próximo para deshacerse de sus aguas residuales o, mucho más frecuentemente- las arrojaban por la ventana a la calle con el consiguiente riesgo de los transeúntes de verse bañados por estos residuos.

 

 

 

Otro problema de las insulae radicaba en el precio y en el contrato de alquiler; los propietarios de los edificios solían alquilar los cenacula por cinco años y su tarea consistían en mantener los locales, reclutar y distribuir inquilinos, mantener la paz entre vecinos y recaudar el alquiler trimestralmente.  Sin embargo, si un inquilino no podía pagar el alquiler, acudía al subarrendamiento de habitaciones de su cenaculum; esto producía el hacinamiento de población en el edificio y la acumulación de polvo, basura y detritus en el mismo.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990