JUEGOS DEPORTIVOS

 

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En varios momentos de la historia de Roma durante el siglo I a. C. y hasta el siglo II d. C., grandes políticos (Sila, Pompeyo y Julio César) y emperadores romanos (Augusto, Nerón, Domiciano) intentaron implantar y trasladar a Roma los juegos deportivos griegos, donde la lucha era concebida como un deporte que fortalecía el cuerpo, sin aniquilarlo como en las luchas de gladiadores, y donde el programa de deportes y actos dejaba espacio a artes espirituales.

 

   

Así Octavio Augusto fundó en el año 28 a. C. para conmemorar su victoria en Actium sobre Marco Antonio en honor de Apolo los Actiaca, juegos que debían celebrarse cada cuatro años en Roma y Actium; en el año 16 a. C. ya no se celebraron.  Nerón los resucitó con los Neronia, juegos periódicos con pruebas de resistencia física y concursos de poesía, pero no sobrevivieron al emperador.  Domiciano en el año 86 d. C. estableció un ciclo de juegos griegos cada cuatro años, el Agon Capitolinus, cuyos premios concedía el emperador en persona, recompensando deportes como las carreras de atletismo, el combate, el lanzamiento de disco y de jabalina, y artes como la elocuencia, la poesía latina, la poesía griega y la música.  Para los deportes mandó construir como estadio el Circus Agonalis, sobre cuyo emplazamiento se encuentra la actual Piazza Navona de Roma en el Campo de Marte y cuyos restos son visitables por el turista debajo de dicha plaza y de sus edificios; el estadio de Domiciano albergaba unas 30.088 localidades, es decir, un aforo para una cifra de 15.000 espectadores.  Para las actividades artísticas mandó construir el Odeón, en el Monte Goridano, cuyas ruinas se encuentran bajo el actual Palacio Taverna; su aforo era muy reducido, unas 10.600 localidades para 5.000 personas.  Estos juegos sobrevivieron cierto tiempo; Juliano el Apóstata también les prestó atención, pero nunca fueron rivales para los munera ni para las carreras de caballos.

 

El estadio de Domiciano en un detalle de la reconstrucción de la Roma Antigua.

 

 

   

Nunca fueron muy populares, sobre todo entre los romanos privilegiados, pues se veía en ellos una moda extranjera degenerada, llena de nudismo e inmoralidad y, mientras los romanos llenaron sus ciudades de anfiteatros y teatros, sólo en el sur de Italia hay restos de estadios y refugio de juegos griegos.

     
   

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993