INSULAE

 

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Las fuentes clásicas, en concreto los Regionarios –listas de monumentos, casas, termas, etc. realizadas por funcionarios encargados de hacer los recuentos y estos listados a principios del siglo IV d. C.-, nos dan la división básica entre los dos distintos tipos de vivienda romana, ya que registran en Roma 1.797 domus y 46.602 insulae.

 

 

 

Las insulae eran los bloques de casas que ocupaban una manzana entre calles.  Las viviendas de las insulae tenían ventanas a la calle y sólo si eran de gran tamaño y tenían en su interior un patio cuadrado abrían ventanas y puertas al patio interior.  Las distintas divisiones de una insulae se denominaban cenacula, es decir, viviendas independientes con algunas dependencias cada una de ellas –como los pisos de un bloque de viviendas actual-, por lo que su concepción es vertical.  Ya en el siglo III a. C. se conocían en Roma insulae de tres pisos de altura (llamadas tabulata, contabulationes o contignationes); Cicerón, De lege agraria 2, 96, decía Romam ... cenaculis sublatam atque suspensam (“Roma sometida a los cenacula y suspendida”).  Dado el riesgo que suponía la elevación de los edificios, fue necesaria la regulación de la altura de los mismos, prohibiéndose la construcción de insulae superiores a los 70 pies (=20 metros) de altura.  Así encontramos testimonios de insulae de más de tres pisos (Marcial, Juvenal, etc.), en concreto de cinco y seis pisos.

 

 

 

No obstante, las insulae también se dividían en dos tipos: primero, las suntuosas que reservaban la planta baja como vivienda de algún individuo acomodado, gozando del prestigio y de las ventajas de una domus –de hecho, esta planta baja recibía el nombre de domus, en oposición a los demás pisos que seguían llamándose cenacula-; después, las humildes, cuya planta baja se reservaba para tabernae, locales para almacenes y tiendas. 

 

 

 

Restos de una insula del siglo II d. C. en la colina del Capitolio, en Roma. 

Foto y reconstrucción procedentes de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.

 

 

 

Estas tabernae estaban completamente abiertas al exterior –unos batientes de madera permitían abrirlas por las mañanas y cerrarlas por las noches- y tenían el espacio limitado para albergar un almacén, un taller de artesanía o un mostrador de una tienda.  Generalmente, una escalerita al final de la tabernae permitía el acceso a la vivienda del inquilino de la tienda, los guardas del almacén o los obreros del taller; esta vivienda generalmente era única estancia donde se dormía, cocinaba, trabajaba, etc.

     

 

Insula conocida como la Casa de Diana en Ostia, el puerto de Roma.  Se han conservado las tabernae con sus correspondientes entresuelos –utilizados como almacenes o viviendas-; al lado la reconstrucción de la planta conservada y de las plantas superiores. 

Foto y reconstrucción procedentes de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.

 

 

 

Las insulae generalmente ocupaban una superficie entre 300 y 400 m2 y tenían sus paredes hechas de ladrillo aparejado o también podían estar hechas con el más barato opus craticum –un armazón de madera relleno de piedra de machaqueo y mortero-, con numerosas y amplias puertas y ventanas.  La línea de fachada de las tabernae estaba protegida por unos pórticos; al mismo tiempo en las calles anchas las insulae podían tener logias o pérgolas –pergulae- que reposaban sobre los pórticos o balcones –maeniana- de madera, ladrillo, etc.; las pilastras de las logias y balcones se decoraban con plantas y las ventanas con macetas.  Los suelos de las insulae más suntuosas se revestían con baldosas y mosaicos, mientras que sus paredes podían estar cubiertas por pinturas de colores vivos.  Sólo en la planta baja había retretes y quizás agua corriente, por lo que eran viviendas miserables e insanas.  En contrapartida, las insulae solían tener poca solidez en su construcción, escasez de mobiliario y deficiencias de iluminación, calefacción e higiene.

 

 

 

La desproporción entre la superficie y la altura de las insulae las hacía inseguras, siendo muy frecuentes sus derrumbamientos; así se legisló sobre el grosor de los muros para lograr una mayor base de apoyo para los distintos pisos (45 cms. en época de Vitruvio).  Otro problema eran los frecuentes incendios.  Las insulae eran construidas con vigas de madera, pero para cocinar y para calentarse se usaban infiernillos portátiles, velas, lámparas de aceite, antorchas, etc.; a ello se suma que el suministro de agua rara vez llegó a las insulae, de modo que los incendios estaban a la orden del día y su sofocamiento era una tarea bastante ardua, por cuanto se propagaban con gran rapidez a otros cenacula y a otras insulae.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990