ESPECTÁCULOS: CUESTIONES PRELIMINARES

 

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En uno de sus poemas Juvenal decía de la plebe de Roma que “…duas tantum res anxius optat / panem et circenses” (“ansiosa sólo desea dos cosas, pan y juegos de circo”) y algo parecido dirá Frontón, Principios de la Historia V 11: “populum Romanum duabus praecipue rebus, annona et spectaculis, teneri” (“el pueblo romano está principalmente entretenido en dos cosas, el reparto del trigo y los espectáculos”).  Dos de las obligaciones de los emperadores fueron alimentar a la plebe y entretenerla; para lo primero solían realizar mensualmente distribuciones de alimentos en el Pórtico de Minucia para asegurarles su ración de pan diario; para lo segundo organizaban en diferentes escenarios laicos o religiosos –el foro, los teatros, el circo, el anfiteatro, etc.- espectáculos interminables que duraban varios días, manteniendo así a la población entretenida.

 

Combate de gladiadores con lorarius, Caronte y tubicen junto a los luchadores.  Reconstrucción procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.

 

 

 

Muy relacionado con ello estaba el número de días festivos que había en el calendario romano: en época imperial la proporción entre días laborables y días festivos era de un día laborable por cada uno o dos días festivos.  Para estos días festivos era necesario tener entretenimientos para la población, sobre todo para evitar disturbios de una población ociosa y sin nada que hacer, de manera que los emperadores vieron en los juegos y espectáculos el medio más apropiado para ocupar el tiempo libre de la plebe.  La multiplicación de los días festivos y de los juegos y espectáculos era el modo de controlar a una población que se hacinaba en Roma y que asediaba el palacio del emperador.

 

 

 

En el origen de los juegos romanos siempre estuvo la religión, si bien en época imperial la religión tradicional romana se había degradado y relegado en cierto modo al cumplimiento de determinados ritos y festividades sin que los romanos manifestasen apenas ningún tipo de fe hacia sus dioses patrios.  Cualquier tipo de juegos –ludi- debía celebrarse de manera general en un día festivo del calendario oficial.  En este contexto en ocasiones los emperadores recurrieron a actos y ceremonias religiosas en honor de los dioses Olímpicos, Júpiter, Cibeles, Flora, etc., e incluso a las ceremonias vinculadas con sus triunfos militares para su propia apoteosis.  Paralelamente, los espectáculos solían comenzar o formar parte de una ceremonia religiosa, tanto las carreras, como las representaciones teatrales y los purpura triumphale, donde los emperadores no sólo honraban a los dioses, sino que pretendían ser identificados con el vencedor de las carreras, el actor de las representaciones y con el magistrado triunfador.  Ver el origen religioso de las luchas de gladiadores.  De hecho, a los espectáculos se acudía en la medida de lo posible bien vestido, como si a una ceremonia religiosa se acudiera; de hecho, el emperador Augusto redactó un edicto que obligaba a llevar la toga a las carreras del circo.  Así pues, la religión romana, en plena desintegración, proporcionó al menos el ceremonial y la solemnidad tradicional como excusa y preludio de los espectáculos romanos.

 

Reconstrucción de unas carreras, según CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.  Se  puede observar la spina, la meta donde los caballos deben girar, uno de los obeliscos, los palacios imperiales al fondo y las gradas con sus tres partes (ima cavea, media cavea y summa cavea respectivamente).

 

 

 

Por otro lado, los espectáculos tenían una función política de propaganda del poder: el que todos los ciudadanos pudieran ver al emperador evitaba el aislamiento de éste respecto de la plebe y la posible consideración del emperador como un ente abstracto ideal y no como una persona física y real.  Cuando el emperador entraba en el circo, teatro o anfiteatro la gente elevaba un grito unánime, agitaban sus pañuelos y le dirigían un saludo a modo de himno y de oración.  En estos espectáculos el público podía contemplar la humanidad del emperador, pues compartía con él emociones, deseos, temores y alegrías.  Así, la celebración de juegos y espectáculos no sólo entretenía a la masa, sino que devolvía al emperador la popularidad, el cariño y la familiaridad con su pueblo.  En ocasiones el público se atrevía a pedir al emperador una obra, el castigo de alguien, etc., lo cual hizo que los espectáculos se convirtieran en un vehículo para canalizar y utilizar la voluntad del pueblo.

 

El estadio de Domiciano en un detalle de la reconstrucción de la Roma Antigua.

 

 

 

La proliferación de los juegos también tuvo razones sociales: se calcula que unos 150.000 romanos no trabajaban y estaban bajo la protección del estado; así, no sólo darles de comer, sino el tenerlos entretenidos era la mejor forma de evitar disturbios, acaparar sus pasiones, desviar sus instintos y canalizar su actividad.  En contrapartida, el desembolso económico para celebrar los juegos y mantener este instrumento de control de la población era tremendo; en un principio, eran magistrados los que se encargaban de organizar y pagar de sus expensas estos espectáculos, pero cada vez con más frecuencias debía ser el propio emperador quien los costeara de sus propias arcas; a ello se sumaba el orgullo de cada emperador –salvo Tiberio-, que de manera general no podía permitir que los espectáculos del emperador anterior fueran mejores que los suyos, por lo que cada vez eran más exagerados los gastos y los espectáculos.

     

En cuanto a su desaparición, con la conversión del cristianismo en religión oficial de Roma y con la doctrina del Evangelio, los romanos comenzaron a considerar sus espectáculos como algo repugnante y aborrecible.  Las carreras de caballos, las menos perjudiciales desde el punto de vista moral, perduraron más tiempo, pero los combates de gladiadores desaparecieron pronto: en octubre del 326 Constantino ordenó cambiar la condena ad bestias –condena de criminales a ser devorados por animales salvajes en el anfiteatro- por trabajos forzados en las minas –damnati ad metalla-; a finales de ese siglo IV en Oriente desaparecen los espectáculos de los gladiadores y en el año 404 un edicto del emperador Honorio suprimía en Occidente las luchas de gladiadores.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990