CIRCO

 

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El circo es un edificio que no tiene nada que ver con lo que ahora llamamos circos; de hecho, ni siquiera era circular, sino rectangular con las esquinas o lados cortos en semicírculo.

A lo largo de su historia Roma tuvo distintos circos.  En el año 221 a. C. el censor Flaminio Nepote mandó construir el Circo Flaminio al sur del Campo de Marte, con dos ejes de 400 y 260 metros respectivamente, finalizado en época de Augusto.  En tiempos del emperador Calígula se construyó el Circo Gayo en la colina del Vaticano, con dos ejes de 180 y 90 metros y adornado con el obelisco egipcio que todavía hoy se puede contemplar en la plaza de San Pedro en el Vaticano. 

 

 

 

El más antiguo y de mayores proporciones era el Circo Máximo, construido sobre la depresión del valle de Murtia, entre las colinas del Palatino al norte y del Aventino al sur.  Se sabe que ya en los siglos VII y VI a. C. este pequeño valle fue acondicionado y drenado para la celebración de carreras de caballos, colocando unas gradas de madera –fori publici-. En mitad del circo había dos columnas cónicas de madera que señalaban las líneas de salida y de llegada de la carrera –metae- que era donde los carros tenian que girar; frente a la meta occidental se construyeron en el 329 a. C. unos cobertizos y caballerizas –carceres, literalmente “cárceles”- donde permanecían los caballos y desde donde salían a la carrera y la Porta Pompae, la puerta principal de acceso al circo.  Posteriormente las dos metae fueron unidas por un zócalo longitudinal, tras el drenaje de la depresión del valle de Murtia.  El zócalo –llamado spina porque semejaba una columna vertebral- fue decorado con estatuas de divinidades; en el 189 a. C. se añadieron los Septem Ova, grandes figuras de madera en forma de huevo que se iban retirando según se completaba cada una de las siete vueltas de las que constaba cada carrera. 

 

Circo Máximo desde uno de sus extremos; se puede observar la inclinación de las gradas a la izquierda, la extensión de la arena y los palacios imperiales a la derecha. 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

 

 

Sin embargo la fisonomía final del edificio la adquirió a lo largo de los siglos I a. C. y I d. C.: en el 55 a. C.  Cneo Pompeyo instaló unas vallas de hierro para proteger a los espectadores; en el 46 a. C.  Julio César ensanchó la arena por el este y el oeste y la rodeó con un foso llamado Euripo –en honor al estrecho canal que separa Grecia central de la isla de Eubea-, reconstruyó las viejas carceres, construyéndolas de piedra caliza, y acondicionó las laderas del Aventino y del Palatino para que el edificio pudiera albergar a unos 150.000 espectadores; en el 33 a. C.  Agripa, bajo las órdenes de Augusto, duplicó los Septem Ova con siete delfines de bronce que se bajaban cada vez que se completaba una vuelta alrededor de la spina.  En el año 10 a. C. Augusto hizo traer de Heliópolis, en Egipto, el obelisco de Ramsés II –que actualmente se encuentra en la Piazza del Popolo en Roma- para colocarlo en el centro del circo; además, hizo construir sobre la cavea –“graderío”- del monte Palatino un palco de honor –pulvinar- desde el cual observaban las carreras el emperador, su familia, sus amigos y sus invitados.  El emperador Claudio reemplazó las metae de madera por columnas de bronce dorado, mandó construir las gradas en piedra y sustituyó las carceres de piedra caliza por carceres de mármol.  Nerón, en el 64 d. C., construyó nuevas gradas para los nobles romanos y agrandó la pista cegando el Euripo.  Nerón logró que el circo tuviera más gradas y que la espina fuera más ancha y pudiera rellenarse en ocasiones de agua para llevar a cabo batallas navales  -naumachiae-.  El emperador Tito mandó construir en el año 80 d. C. una puerta triunfal en el principal acceso del recinto para conmemorar el saqueo de Jerusalén.  Finalmente los emperadores Domiciano y Trajano ensancharon la cavea.  Constancio II hizo colocar un obelisco de Tutmosis III procedente de Tebas y que ahora se encuentra en la plaza de San Juan de Letrán.  La última carrera tuvo lugar en el año 549 y fue organizada por el rey ostrogodo Totila. El edificio fue abandonado y pasto de los incendios y de la rapiña, así como el enterramiento de su estructura por sucesivas inundaciones.  En el siglo XX se derribaron los edificios que había en el valle Murtia sobre el antiguo circo, sin que por ahora se hayan finalizado las excavaciones arqueológicas del mismo.

 

Reconstrucción de una de las carceres del Circo Máximo procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

 

 

 

Reconstrucción del Circo Máximo procedente de BAENA DE ALCÁZAR, Luis: “El Circo Máximo”, Historia National Geographic, 38 (2007), Barcelona.  Arriba a la izquierda se observan las carceres (1) y la Porta Pompae (2); a su derecha el pulvinar (3) bajo los palacios imperiales y las gradas -caveae- inferior(4) y  superior (5); en el centro del circo la spina (6) con las metae en sus extremos (7); por último, la Puerta Triunfal (8).

 

 

 

Así pues el circo se convirtió en el mayor edificio para espectáculos en Roma y su imperio y acabó por tener dos ejes de 600 y 200 metros respectivamente; sus extremos oeste y este eran dos hemiciclos levantados en tres alturas con arcadas superpuestas y revestidas de mármol.  En el piso inferior había multitud de tabernas, tiendas y locales comerciales.  En su interior destaca su enorme cavea escalonada y con tres filas de gradas, con el pulvinar imperial en la ladera del Palatino y con la visión de los palacios imperiales en esa colina.  La ima cavea –graderío inferior- tenía asientos de piedra para los miembros de las clases altas –los equites, los caballeros-, la media cavea –graderío media- tenía asientos de madera y la summa cavea –graderío superior- parece que estaba destinada a localidades de pie.  Los Regionarios calcularon en el siglo IV d. C. una capacidad para 385.000 localidades, aunque lo que parece más seguro es que este circo albergara a unas 225.000 plazas.  La spina medía unos 214 metros de longitud y la anchura de la arena era distinta en cada meta: la prima meta medía 87 metros y la secunda meta 84 metros, de manera que en una vuelta se tenía que recorrer unos 568 metros.

 

Reconstrucción del Circo Máximo procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

 

 

 

Sección de las gradas y del interior del Circo Máximo procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

 

Sección del Circo Máximo, con los restos de las gradas a la derecha y los palacios imperiales al fondo.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

 

 

 

Por último, la afición de los romanos por las carreras de caballos fue tal que el emperador Majencio, a principios del siglo IV d. C., se hizo construir un circo en su villa privada a las afueras de Roma en la via Appia.  Este circo tenía una longitud de 520 metros y una capacidad para unas 10.000 personas; estaba comunicado con el palacio imperial de Majencio, por lo que podía ir desde sus aposentos al circo directamente.

 

Restos de las dos torres del Circo de Majencio; entre ellas estarían las carceres y desde ellas comenzarían las gradas.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 29/12/2004)

     

No obstante, a diferencia de teatros y anfiteatros, los romanos no llenaron su imperio de circos en todas sus ciudades; sólo en ciudades importantes se construyeron circos; podemos destacar el caso del circo de Bizancio –después Constantinopla y hoy Estambul-, donde en el trazado de las calles todavía es visible su emplazamiento delante de Santa Sofía y la Mezquita Azul y donde un obelisco todavía nos señala su spina.  En Hispania quedan restos de los circos de Tarraco (Tarragona), Emerita Augusta (Mérida) y Toletum (Toledo).

 

Reconstrucción del circo de Tarraco, según DUPRE, X. y SEMPERE, J. G., Tarragona, 1986.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- AA. VV.: Roma. Guía Acento, Madrid, 2002

- BAENA DE ALCÁZAR, Luis: “El Circo Máximo”, Historia National Geographic, 38 (2007), Barcelona

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- GABUCCI, Ada: Roma, Barcelona, 2006

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990