LAS CARRERAS DE CARROS

 

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Los espectáculos públicos recibían genéricamente el nombre de juegos –ludi- y dentro de estos, los que se celebraban en el circo recibían el nombre de ludi circenses.  Los juegos romanos por excelencia eran los circenses, probablemente porque eran los que se celebraban desde hacía más tiempo.  Conforme el edificio del circo fue aumentando en superficie, las diferentes pruebas se fueron completando y enriqueciendo.

 

 

 

La carrera –missus- constaba obligatoriamente de 7 vueltas –spatia- alrededor de la pista, si bien el número de carreras por día fue variando y aumentado: con Augusto 12 carreras por día, con Calígula 34 y con los emperadores Flavios hasta 100; Domiciano, para asegurar que las carreras previstas acabaran antes de que llegara la noche modificó el número de vueltas reduciéndolo a 5.  Un cálculo de 100 missi de 5 spatia a 568 metros por vuelta hace un total de 284 kilómetros diarios de carreras de caballos.

Las carreras se diferenciaban por los tipos de carro o más concretamente del tiro de caballos que los conducía: si eran 2 caballos era una carrera de bigae, si eran de 3 caballos, una carrera de trigae, y, si eran de 4 caballos, una carrera de quadrigae; en ocasiones se llegaban a juntar en un mismo tiro 6, 8 o 10 caballos –decemiuges-.  El éxito de los aurigas residía en la habilidad de maniobra en los giros –las metae quedaban siempre a la izquierda-, en especial la de los caballos de los extremos, llamados funales por estar unidos al carro por una cuerda –funis-, el de la izquierda al eje y el de la derecha al lateral en marcha, en lugar de por un yugo, como estaban unidos los caballos del centro –introiuges-.  Los conductores del carro –aurigae o agitatores-, vestidos con un yelmo metálico y una túnica corta ajustada con una faja y con las riendas atadas a la cintura, iban muy tensos ya que tenían que hacer un doble esfuerzo: mirar adelante, alentar y conducir a sus caballos, controlando que no volcaran por exceso de velocidad, mientras evitaba que algún carro que quisiera adelantarlo chocara con él o le hiciera chocar contra las paredes y sufrir un accidente.  En caso de peligro o accidente –naufragium-, el auriga cortaba las riendas con un cuchillo para no ser arrastrado por los caballos y el carro.

 

Reconstrucción de unas carreras, según CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.  Se  puede observar la spina, la meta donde los caballos deben girar, uno de los obeliscos, los palacios imperiales al fondo y las gradas con sus tres partes (ima cavea, media cavea y summa cavea respectivamente).

 

 

 

La entrada de los carros seguía todo un ceremonial con gran solemnidad: antes de las carreras había un acto religioso solemne, una procesión –pompa- que bajaba desde el Capitolio, pasaba por el Foro Romano y entraba en el circo por la Porta Pompae; tras la procesión desfilaban jóvenes romanos a pie y a caballo y después pasaban los carros con sus aurigas; por último, danzantes y músicos y las imágenes de los dioses –incluidas las de los emperadores en época imperial- con un séquito de sacerdotes en carros; tras la ceremonia comenzaban a sonar trompetas y el cónsul o magistrado que presidía las carreras, vestido con la toga púrpura, daba la salida dejando caer un pañuelo blanco –mappa- sobre la arena; a sus pies, los carros ordenados según les había correspondido en un sorteo previo permanecían dentro de las carceres que se abrían simultánea, saltando a la pista todos los carros a la vez; corrían en sentido contrario a las saetas del reloj.

 

 

 

Cada carro representaba a una facción o cuadra –factio- que se habían creado para cubrir los gastos de selección y entrenamiento de caballos y aurigas.  Al acabar las carreras estas facciones recibían recompensas de parte de los magistrados que habían organizado las carreras.  Por las dimensiones de la pista es difícil que pudieran competir más de cuatro carros a la vez (en el caso de bigae se llegó a carreras con 12 carros), por lo sólo había cuatro facciones, que a partir del siglo II d. C. fueron agrupadas de dos en dos: cuadra blanca –factio albata- y cuadra verde –factio prasina-, frente cuadra azul –factio veneta- y cuadra roja –factio russata-.  Cada cuadra estaba compuesta por los conductores de los carros –aurigae- (muy bien pagados como nuestras estrellas de fútbol o fórmula 1), mozos de cuadra, adiestradores –doctores y magistri-, veterinarios –medici-, reparadores –sarcinatores-, guarnicioneros –sellarii-, guardas de cuadra –conditores-, palafreneros –succonditores-, almohazadores y abrevadores –spartores-, así como los iubilatores, los hinchas que con sus gritos animaban a su cuadra y a sus carros.  Las factiones tenían sus cuadras en el Campo de Marte.

Los aurigas se veían colmados de honores y privilegios si vencían: si el auriga era un esclavo, con frecuencia recibía la libertad; en general salían de su condición humilde y recaudaban grandes fortunas gracias a las primas que recibían de los magistrados o del propio emperador y del elevado salario que exigían a los dueños de las cuadras –domini factionum- con el pretexto de fichar por otra cuadra.  Los aurigas más famosos comenzaron a ser llamados miliarii si habían obtenido la victoria en más de mil ocasiones (Escorpo venció 1.042 veces, Pompeyo Epafrodito 1.467, Muscloso 3.559 y Diocles  3.000 veces con bigae y 1.462 con quadrigae o carros de más tiro).  Por sus cualidades físicas, fuerza, agilidad, sangre fría y su duro entrenamiento se les tenía en gran consideración –como las actuales estrellas del deporte-.  El premio por la victoria era una corona o una palma o una cadena de oro, además de las primas económicas.

Los caballos procedían especialmente de Hispania, pero también de Italia, Grecia y África; a los tres años empezaban a ser adiestrados y dos años  más tarde ya estaban dispuestos para competir; las yeguas eran destinadas al yugo, a los puestos centrales, mientras que los machos pura sangre eran los caballos funales.  Ya entonces se buscaba que cada caballo tuviera su pedigree, su cuadro de honor y su notoriedad, de manera que su fama se extendía en ocasiones a lo largo del imperio.

 

Mosaico en el que aparecen representadas las cuatro factiones con sus colores (verde, roja, blanca y azul, respectivamente).  Museo Romano del Palazzo Massimo.  (Foto: Roberto Lérida Lafarga)

 

 

 

No obstante, junto a las carreras había otros tipos de espectáculos.  Estaban los acróbatas que llevaban dos caballos y saltaban de uno a otro –desultores-; otros hacían exhibiciones de monta de caballo con armas y con simulacros de combate; otros acróbatas montaban a caballo, se ponían de rodillas y se tumbaban encima del caballo; otros recogían un pañuelo de suelo sin desmotar; y otros saltaban por encima de un carro de cuatro caballos.  También están documentadas otras actividades: combates de púgiles, carreras de atletismo, lucha, lanzamiento de jabalina y de disco; de hecho fue un lugar en el que en ocasiones se celebraron certámenes atléticos; así Marco Fulvio Nobilior organizó unos juegos atléticos en el 186 a. C.

 

 

 

Las carreras, al mismo tiempo, eran la ocasión perfecta para que los romanos se divirtieran con otra de sus grandes pasiones: el juego y las apuestas –sponsio-: la victoria de un carro y una cuadra hacía ricos a unos y pobres a otros, de manera que entre el público las alegrías y las iras y tristezas contenidas alternaban y viajaban por bandos.

El espectáculo de las carreras solía acabar con un banquete –epulum-; durante el imperio de Augusto, Nerón y Domiciano en los intervalos entre carreras se lanzaban regalos –missilia o sparsiones- que consistían en golosinas, bolsas con comida, “papeletas” para la rifa de un barco, una casa o una granja que podía servir de consuelo para las pérdidas en las apuestas.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- AA. VV.: Roma. Guía Acento, Madrid, 2002

- BAENA DE ALCÁZAR, Luis: “El Circo Máximo”, Historia National Geographic, 38 (2007), Barcelona

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- GABUCCI, Ada: Roma, Barcelona, 2006

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990