LAS CALLES Y VÍAS URBANAS

 

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En el año 73 d. C. Vespasiano y Tito, en su mandato como censores, censaron y midieron las viae de la ciudad de Roma; el cálculo de su longitud alcanza unos 60.000 pasos romanos, es decir, unos 85 kms.  Roma no está creada como los barrios modernos de nuestras ciudades con calles rectas y avenidas anchas; todo lo contrario; la orografía de Roma, con sus colinas, el caprichoso cauce del Tíber, las primitivas zonas pantanosas, las viejas zonas de la ciudad y edificios públicos de desproporcionados tamaños son las causas principales de una red de calles inextricable y estrecha, donde, además, una población tan numerosa y un tráfico de mercancías y personas incesante no hacían sino agravar el problema de una falta de planificación. 

En lugar de un sistema racional de comunicaciones, las calles de Roma eran una maraña sin forma que, en parte, había heredado una primitiva concepción agrícola, al dividir sus vías en tres tipos: itinera –caminos para peatones-, actus –caminos exclusivamente para un carro- y viae –caminos donde podían cruzarse dos carros o ir dos carros a la par-.  En una primera época sólo dos calles recibían la categoría de viae dentro de las murallas republicanas: la via Sacra y la via Nova, que recorrían el foro y que no eran excesivamente grandes; entre las murallas republicanas y los límites de las catorce regiones en que se dividía Roma, alcanzaron esa categoría 20 calles, muchas de las cuales eran el inicio de alguna de las calzadas romanas de Italia: via Appia, via Latina, via Ostiensis, via Labicana, etc.

 

Calle pompeyana con estrechos margines y anchura para un carro -actus-; se pueden observar los surcos de las rodadas de los carros en la calzada.  (Foto: Javier J. Boix Feced 31/07/2005)

Estas vías tenían una anchura entre 4,80 y 6,50 metros, una medida ya establecida en las míticas Doce Tablas, ley promulgada entre el 451 y el 449 a. C., en los primeros tiempos de la República, donde se indica que las viae debían tener 16 pies de ancho, es decir, 4,80 metros.  El resto de las calles de la ciudad, llamadas en su conjunto vici, no alcanzaban esta anchura, siendo algunas de ellas meros pasajes –angiportus- o senderos –semitae-, con una anchura de 10 pies, es decir, 2,90 metros, para que pudieran construir balcones a ambos lados de las calles.  A esto se añade que muchas calles zigzagueaban, sobre todo, por las cuestas de Roma; estas calles empinadas se denominan clivi: clivus Capitolinus, clivus Argentarius, etc. 

 

Vía pompeyana con margines y anchura para dos carros.  Es visible que la calle está combada hacia los extremos para evacuar el agua de lluvia.  (Foto: Javier J. Boix Feced 31/07/2005)

Las calles romanas no eran ni estaban limpias: los vecinos arrojaban inmundicias por la ventana a la calle y muchas de ellas no estaban empedradas, por lo que se convertían en auténticos lodazales.  Julio César intentó llevar a cabo medidas para mejorar la situación, invitando a los habitantes de Roma a que limpiaran la zona de la calle que correspondiera a los muros de sus casas y que los ediles de cada barrio subsanaran las carencias contratando empresas que se encargaran de ello; sin embargo, al carecer los ediles de los ingresos y de los medios adecuados, estas medidas no se llevaron a cabo.  Tampoco se dotó a las calles, tal y como pedía Julio César, de aceras –margines o crepidines- ni de empedrado –sternendae viae-.

 

Detalle del empedrado de una calle pompeyana.  (Foto: Javier J. Boix Feced 31/07/2005)

Por las noches las calles quedaban en la más profunda oscuridad, por cuanto no había lámparas de aceite, antorchas o farolas que las iluminaran; esto hacía que las noches trajeran grandes peligros a los que se atrevían a transitar las calles; de normal, la gente se encerraba en casa, echaba los cerrojos y pasaba la noche en casa.  Si era necesario salir de noche, los ciudadanos ricos iban acompañados de esclavos con antorchas para iluminar y proteger a su señor.  No obstante, en la ciudad había cuadrillas de vigilantes nocturnos con antorchas -sebaciaria- que recorrían un sector de la ciudad demasiado extenso.  Así pues, por la noche proliferaban los asesinos –sicarii-, atracadores –effractores- y agresores de todo tipo –raptores-. 

Con todo, por legislación de Julio César, la noche era el territorio de las bestias de carga, carreteros y aprovisionadores.  El dictador, consciente de la gran cantidad de gente que circulaba por el día por las calles romanas, para evitar accidentes y aglomeraciones, dispuso que desde el amanecer hasta el anochecer no circularan carros por las calles de Roma; al llegar el día, los vehículos debían permanecer vacíos y estacionados, si no habían podido retirarse a tiempo; estas restricciones no se aplicaban a los carros de ceremonias solemnes, a la celebración de un triunfo de un general, a la celebración de juegos públicos y a los vehículos necesarios para atender el derribo de una casa en mal estado.  Con ello se consiguió que sólo peatones, jinetes y ciudadanos llevados en literas circularan de día por Roma, si bien la paz nocturna de la ciudad era constantemente rota por el traqueteo de los carros por las calles.  Estas normas fueron aplicadas a todos los municipios itálicos por el emperador Claudio y el emperador Marco Aurelio lo aplicó a todo el imperio, mientras que el emperador Adriano limitó el número de vehículos de tiro y el peso de las carretas que entraban en Roma.

 

Vía en Vasio (hoy Vaison la Romaine, Provenza, Francia).

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 06/08/2007)

Sin embargo, durante el día el bullicio de las calles romanas era tremendo: toda clase de negocios abiertos, todo un tránsito de gentes de un lado para otro, todos los talleres de artesanos a pleno rendimiento.  El bullicio era incesante.

La cantidad de población y el gran número de calles, plazas, casas y barrios suponían un gran problema para localizar el domicilio de alguien, más aún si no se residía en Roma.  A ello hay que añadir que los romanos no aplicaron la utilidad de la numeración a las casas y calles, al tiempo que muchas calles no tenían nombre.  Por ello, a la hora de indicar una dirección, no había una fórmula breve y clara como las actuales, sino que había que recurrir a largos circunloquios para determinar la localización precisa de una dirección.  Por ejemplo, era muy frecuente que los amos colgaran del cuello de sus esclavos unos discos –bulla- donde se inscribía el nombre y la dirección del dueño; se han encontrado bullae con textos como los siguientes: tene me et revoca me Aproniano Palatino ad mappa(m) aurea(m) in Aventino quia fugi (“detenme y devuélveme a Aproniano Palatino cerca del lienzo de oro en el Aventino, porque me he escapado”) o tene me quia fugi, reduc me ad Flora(m) ad to(n)sores (“detenme porque he huido; llévame junto al templo de Flora en la calle de los barberos”).

Copia de la medalla de un collar de un esclavo en la que se lee TENE ME NE FUGIA(M) ET REVOCAME AD DOM(I)NUM EVVIVENTIUM IN ARA CALLISTI ("Deténme para que no huya y llévame a mi dueño, Euviventio, junto al templo de Calisto") (CIL XV 7193)

 

Vía pompeyana con amplios margines y anchura para dos carros; se pueden observar los bloques de piedra que servían de paso de cebra para no marcharse pisando la calzada, al tiempo que separaban los dos carriles para los carros.  (Foto: Javier J. Boix Feced 31/07/2005)

Así pues, en la Roma antigua, la gente solía hablar de “vivir cerca de” en lugar de nosotros que en la actualidad decimos “vivir en”; en otras palabras, las direcciones se expresaban por proximidad y no por exactitud y determinación.  Salvo los personajes muy famosos y las familias más ricas, nadie tenía una dirección precisa.  En parte esto de debe a la herencia de un originario sabor aldeano, de pequeña localidad donde todos se conocían.  Excepto las grandes vías que eran origen de las calzadas romanas y que por ello tenían nombre –si bien, su larga extensión hacía inútil indicar que alguien vivía en la via Labicana, por ejemplo-, las calles empezaron a recibir nombres por diversos motivos: por el lugar donde desembocaban, por la presencia de un monumento, una fuente, una estatua, una columna, un templo, un edificio público, una puerta, un cuartel, un pórtico, un granero, un jardín, un bosque sagrado, un árbol, etc.  De este modo, las direcciones empezaban a ser más precisas, si bien nunca exactas: “en la via Sacra, bajo la Velia, donde está el templo de Vica Porta”.  A esto había que añadir alguna expresión que determinara más la localización:  “a la entrada de la calle”, “en el primer trecho de la calle”, “en el centro del barrio”, etc.; e incluso detalles definitivos: “a la entrada de la Suburra –un barrio de Roma-, donde cuelgan los flagelos de los verdugos”, “justamente en el punto en que se baja al Foro desde el Palatino”, etc.

Quizá uno de los mejores métodos para designar un lugar o una dirección eran los comercios cercanos, de lo cual quedan reminiscencias en las calles medievales y renacentistas de muchas ciudades europeas: por ejemplo, en Zaragoza aún existen calles como la de las Tenerías –porque estaban los talleres de teñido de ropa-, o la de Cereros –porque estaban los talleres de ceras y velas-, etc.; en Roma hay ejemplos de que algún personaje vivía inter falcarios (“entre los fabricantes de hoces”), e incluso indicaciones mixtas, Hercules olivarios (“los vendedores de aceitunas cerca de la estatua de Hércules”).

 

 

FUENTES:

- AA. VV.: Atlas ilustrado de la Antigua Roma: de los orígenes a la caída del imperio, Madrid, 2002

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- GABUCCI, Ada: Roma, Barcelona, 2006

- HACQUARD, Georges: Guía de la Roma Antigua, Madrid, 2003

- PAOLI, Ugo Enrico: URBS.  La vida en la Roma Antigua, Barcelona, 1990